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miércoles, 24 de julio de 2013

El viejo nuevo cine latinoamericano

Palabras pronunciadas en la presentación del libro "El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta. Entre el mito político y la modernidad fílmica" de Isaac León Frías en la 18º Feria Internacional del Libro de Lima. Una versión resumida del mismo ha aparecido el 24 de junio en la edición de MIÉRCOLES DE POLÍTICA. (Christian Wiener)


Agradezco la invitación de mi amigo y ex profesor, Isaac León Frías, para comentar su última publicación, “El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta. Entre el mito político y la modernidad fílmica” Pero antes de empezar esta presentación en la decimoctava Feria Internacional del Libro de Lima, no puedo dejar de aunarme a las voces de rechazo y protesta por el inmerecido homenaje que esta feria le ha dispensado hace unos días a la señora Martha Meir Miro Quesada Y aunque no quisiera agregar más a lo manifestado en la carta pública, con la que coincido plenamente, no puedo dejar de recordar, dado que vamos a hablar de un libro sobre cine, que hace algunos meses ella publicó un artículo donde, no se si por ignorancia o mala leche, afirma que los cineastas peruanos escabulleron el tema de la violencia y sendero, lo que es totalmente falso, como lo prueba la copiosa filmografía que existe al respecto, y no de ahora sino de los años en que las papas realmente quemaban.

El último libro de Chacho, editado por la Universidad de Lima, es bastante extenso, 473 páginas, que por suerte he podido leer de forma acuciosa en estas semanas porque me encuentro involuntariamente desocupado. Sé que es producto de un largo trabajo, y se nota, buscando revisar de forma exhaustiva y polémica, debatiendo con otros autores, sobre lo que significó este cine en los movidos años 60, que tuvo a sus más conocidos hitos en el “Cinema Novo” brasileño, los documentales cubanos, la urgencia panfletaria de “La hora de los hornos” o el cine “neo indigenista” de Jorge Sanjinés en Bolivia.  

Su acercamiento no es académico, lo que no significa que carezca de basamentos teóricos,  pero privilegia la visión del crítico y ex director de “Hablemos de Cine,” que conoció de primera mano y fue también protagonista de la historia, ya que la práctica y la teoría cinematografía no andaban tan divorciadas en esos años. 

Debo confesar que en un principio temí encontrarme con una versión apóstata o renegada sobre ese cine que se reclamaba revolucionario, urgente o “imperfecto”, porque estos planteamientos, como también sucede en el otro extremo con los convencidos y panegiristas irreductibles, suelen ser reduccionistas y maniqueos, alimentado los prejuicios antes que la reflexión serena y profunda. Algo así como que si de “Los años de la conmoción”, por citar el libro de entrevistas de Chacho editado por la UNAM en 1979, hubiéramos terminado en “Los años de la desilusión”. 

Por suerte, el libro está bastante lejos de quedarse en un ajuste de cuentas y liquidación del pasado que antes había abrazado en buena parte y como mucho otros el propio autor, apuntando más bien, con la distancia que dan los años, a tratar de separar la paja del trigo y revisar en perspectiva, sin ortodoxia ni canon preestablecido, lo que se filmó y escribió en el arco histórico que va desde los inicios de la década del 60 hasta la mitad de los años 70.

Ahora bien ¿existió el “nuevo cine latinoamericano”? ¿y a qué se denominó como tal? Como bien se pregunta Chacho en el libro, es un término demasiado abierto y laxo que puede albergar muchas cosas. Empezando por el arco temporal, puesto no ha faltado quienes siguen utilizándolo más allá de la mitad de los años setenta, que es la fecha de periodificación más común, que también se adopta en el libro que comentamos. Luego, es necesario ir más allá del vago adjetivo “nuevo”, que puede admitir decenas de significados e interpretaciones en contraposición a lo obsoleto, viejo o caduco. Como suele suceder con los movimientos que insurgen contra lo existente, es más fácil definirlos por lo que no son, o a lo que se oponen, que podrían sumar una serie indefinida: el predominio imperial hollywoodense y el cine comercial, las historias, géneros y estereotipos del cine tradicional, las formas industriales establecidas y burocratizadas (donde las había, como en México, Argentina o Brasil), el colonialismo y racismo persistente, la dependencia y el subdesarrollo económico, social y cultural; entre muchos otros lastres de una América en busca, como se repetía en esos años, de su “segunda independencia”. En cambio, cuando tratamos de verlo en positivo, el asunto se hace más difícil de delimitar y borroso para definir, pues existen diferentes maneras y posturas de entender eso que llamamos “nuevo”, así como de procesos que lo sustentan, y de allí la diversidad de voces que se expresan en el mare magnum cinematográfico de esos años.          

Eso nos lleva a una primera constatación, y es que el llamado “nuevo cine latinoamericano” fue en realidad más un membrete antes que un todo homogéneo. Seña de identidad de cineastas de la región unidos por cierta contemporaneidad generacional, entendiendo este último término en la acepción de Tito Flores Galindo, cuando recordaba el proverbio árabe de que los hombres se parecen más a sus amigos que a sus padres, y que lo definía como “el peculiar encuentro entre determinados acontecimientos y vivencias, por un lado, y proyectos y actitudes que cohesionan a un grupo de coetáneos”. Los proyectos y actitudes fueron en este caso la común reivindicación de una modernidad fílmica, así como la ideología popular o de izquierda –que iba desde un progresismo nacionalista hasta los radicalismos más extremos-. Sin embargo, de allí a perfilar un todo homogéneo del cine latinoamericano hay mucho trecho, y solo podría ser fruto de ciertas generalizaciones biempensantes de la intelectualidad estadounidense y europea, porque las realidades, desarrollos y propuestas estéticas difirieron entre los países latinoamericanos. Es más, y sin que hayan desaparecido ni mucho menos las diferencias en la región, se puede decir no obstante que en el presente, con leyes e institutos de cine y plataformas de coproducción como IBERMEDIA, existe algo más de homogeneidad entre nuestros cinematografías que en las décadas del 60 y 70.       

Otra comprobación clara es que no siempre los textos o manifiestos de los cineastas, por más lúcidos o apasionados que sean, se corresponden a sus propuestas cinematográficas, por lo que se debe estar más atento a lo filmado que a lo escrito o dicho, así sea en tono altisonante o sentencioso. Eso vale tanto para las tesis del Tercer Cine, esbozadas por el Grupo Cine Liberación, como las del Dogma 95, 26 años después; que comparten de alguna manera un cierto carácter normativo y valga la redundancia en este caso, “dogmático”; lo que de entrada nos hace desconfiar de su eficacia y durabilidad más allá de lo propagandístico, como efectivamente sucedió, porque fueron tan enfáticas y rutilantes como efímeras.       

Por supuesto que el valor de una película, que le permite superar la prueba del tiempo, radica principalmente en su propuesta estética y originalidad, más allá del argumento, en muchos casos coyuntural. Y personalmente creo que buena parte de ese cine latinoamericano, de ficción y documental, que se produjo en esos años, más allá de excesos y radicalismos a veces más retóricos que reales, vale por lo que significó como propuesta renovadora y de modernidad lingüística del cine en muchos aspectos antes que por su supuesta corrección política, que podría haber sido muy importante en esos años pero ahora queda solo como un dato. Recuerdo, y aquí quiero contar una pequeña anécdota personal, que cuando descubrí que existía eso que llamaríamos el “otro cine” en el cineclub del Ministerio de Trabajo a mis tempranos 12 o 13 años –y una de las ventajas de esa sala es que no había censura por edad- una de las primeras películas que tuve oportunidad de ver fue “Dios y el Diablo en la Tierra del Sol” de GlauberRocha. Y recuerdo hasta ahora mi deslumbramiento, a pesar de que no había entendido casi nada de la película, y desconocía totalmente todo el mundo mitológico de los cangaceiros y los santones en el “sertao” brasileño, pero esas imágenes, el sonido y la fuerza que trasmitían se me quedaron impregnadas, al punto que he vuelto a ver decenas de veces el filme, con otros ojos y mayor conocimiento, y sigue siendo para mí una de las mayores obras de todos los tiempos en el cine latinoamericano. Como también me sucede con “Memorias del subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea o  “El dependiente” de Leonardo Favio, que en registros y opciones diferentes (como dice Chacho, uno en el canon del NCL y otro más bien excluido, a pesar de ser producido en esos años) mantienen, empero, su vigencia, al igual que otros muchos títulos más.  

Ahora bien, cuando digo que las historias no es lo esencial ni lo que perdurará de este cine, no significa desconocer lo que estas películas trajeron de novedoso en este campo también, como el protagonismo popular despojado de la mirada paternalista y bienhechora, el desnudamiento de los mecanismos del poder y la política, o la revisión de la historia no siempre desde el lado de los vencedores. Pero es cierto que también hubo temas apenas entrevistos, como la condición de la mujer y el machismo realmente existente (presente en las cubanas “Lucía” o “De cierta manera”), el aborto, la delincuencia, las drogas y el alcohol,  o el homosexualismo, que fue en general un tabú en la región hasta fines de los años 80 y principios de los 90. También, hay que decirlo, el escaso uso del humor y la cultura popular, salvo contadas excepciones, porque tal vez no era políticamente correcto salirse de la mirada seria y solemne de la acuciante realidad latinoamericana.

En su tesis, publicada como libro y titulada  “El cine de la marginalidad, realismo sucio y violencia urbana”, el ecuatoriano Christian León Mantilla ensaya la hipótesis de un nuevo movimiento o corriente del cine latinoamericano en la segunda mitad de los 90 y principios del 2000, que respondería al declive de algunos postulados básicos del  NCL como la crisis de los proyectos de cultura e identidad nacional, la globalización y el desmantelamiento de los estados nación, y el replanteamiento de la posmodernidad cinematográfica con las nuevas tecnologías y soportes para la grabación y difusión audiovisual. En ese contexto es que surgirían películas como las del colombiano Víctor Gaviria (“Rodrigo D”, “La vendedora de rosas”) o las primeras de Adrián Caetano (“Pizza, birra y Faso”, “Un oso rojo”). Un cine que aborda la violencia urbana, la marginalidad social y el desarraigo identitario, con un lenguaje visual desenfadado, que en España se conoce como “realismo sucio” y el autor lo denomina “cine de la marginalidad”.

¿Pero existe o existió de verdad ese cine, o fue uno de tantos rótulos que desde la crítica o la academia se suelen motejar para tratar de englobar y definir algo en la región? Tal vez, como el mucho más aceptado título del NCL, es importante no quedarse en los clichés y las verdades irrefutables cuando se habla de algo tan amplio y complejo como el cine, evitando aferrarse a conceptos y dogmas como el del propio “cine de autor” que dominó también el ambiente cinematográfico y cultural en esos años.

Antes de terminar quiero hacer referencia a un detalle relevante para nosotros, y es porque el llamado NCL no tuvo mucho eco o representatividad en el Perú de esa época. Es cierto que como menciona el libro, puede hablarse genéricamente del cine de Armando Robles Godoy como expresión de la modernidad europea (Resnais entre otros) trasplantada de forma muy personal y sui generis a nuestra realidad, o con una carga más ideológica, los trabajos que al amparo de SINAMOS realizaran Nora de Izcue y Federico García, así como el grupo Liberación sin rodeos, ya fuera del Estado, entre unos pocos. Pero en realidad fue mínimo y casi inexistente en ese mapa regional. Y no porque no hubieran seguidores, por lo menos teóricamente, como fue la revista “Hablemos de Cine” que le dedicó numerosas ediciones a las películas y realizadores que casi no se veían en el país, incluso con algunas caratulas que hoy día llamarían la atención por su provocación o fealdad, como aquella con un pie baleado, no recuerdo en este momento de que película. Si nos quisiéramos poner historiadores y sociológicos diríamos que tal vez fue por la prematura cancelación del foco guerrillero del MIR, la aparición del gobierno reformista de Velasco, o la poca articulación entre el cine y la ciencias sociales, la necesidad de construir un soporte industrial, etc. Sin embargo, yo me inclino a pensar que se debió a que no hubo, de forma personal y vocacional, un cineasta que pudiera y quisiera asumir esas banderas fílmicas en esos tiempos, a la manera de un Sanjinés, Littin, Handler, Alvarez: por citar solo algunos nombres.

Finalmente de todo esto y mucho más se refiere “El nuevo cine latinoamericano de los años sesenta. Entre el mito político y la modernidad fílmica”, y como he dicho, y por suerte, Chacho no se queda en el recuento ni rehúye la polémica, la que ojalá fructifique más allá de la academia, porque buena falta nos hace repensar ese cine como el actual. Y solo una atingencia, que espero Chacho no la tome a mal, y es que tal vez abusa en algunos momentos en su afán de explicar y recalcar ideas y decisiones, lo que creo que era innecesario y me hacía recordar un poco sus clases en la universidad, con sus circunloquios alrededor de algunos conceptos.                


Sin duda que esos años revueltos en todo el continente, y buena parte del mundo, con sus excesos y limitaciones, permitieron remover muchas cosas, quebrando el ‘establishment’ imperante, proponiendo nuevos caminos y transformaciones en la sociedad, la gente y la cultura, no siempre claros ni definidos, pero si diferentes. Algo de ese sentimiento me quedo con la historia que nos cuenta el  libro sobre el NCL, con sus aciertos y excesos, como también me quedo viendo recientemente “Desde el lado del corazón”, el sentido documental de Pancho Adrianzén sobre la izquierda peruana del 60 y 70, donde más allá de si pudo hacerse mejor las cosas en esos años, y la autocrítica todavía pendiente, lo importante es que se hizo, y con ello empezaron a cambiar las cosas en el país y el mundo.

Radiografía de la Feria del Libro


Desde 1996, en el mes de julio, la Cámara Peruana del Libro ha venido impulsando la Feria Internacional del Libro de Lima, la misma que ha tenido una historia trashumante,  primero en la desaparecida Feria del Hogar o del Pacífico, en el distrito de San Miguel; luego se llevó a cabo en el Centro de Convenciones del Centro Comercial Jockey Plaza, en el distrito de Santiago de Surco, del 2005 al 2008. El año 2009, la FIL-Lima se trasladó al vértice del Museo de la Nación, donde ahora se ubica el Gran Teatro Nacional, en el distrito de San Borja, y a partir del 2010, se celebra en el Parque Matamula, hoy de los Próceres, lotizado por el alcalde de Jesús María, Enrique Ocrospoma.

Esta Feria se planteó desde un principio en grande, con invitados extranjeros, y representaciones por países, presentaciones de libros, y actividades culturales paralelas (conferencias, proyecciones, actuaciones), un poco siguiendo el ejemplo de las más importantes ferias del libro de la región, que se realizan en Guadalajara, Buenos Aires o Bogotá. Sin embargo, la Cámara Peruana del Libro no ha estimulado la formación de mercados editoriales internacionales, con compra y venta de derechos, asociaciones para ediciones multinacionales, exportaciones de libros peruanos, entre otras acciones que si se promueven en las trastiendas de las mencionadas ferias.

La Feria Internacional del Libro de Lima comenzó a crecer y hacerse más visible desde el año 2004, luego que entrara en vigencia la Ley 28086, de Democratización del Libro y Fomento de la Lectura, y su reglamento respectivo. Esta norma, impulsada por las empresas editoriales, da estímulos como la exoneración del impuesto a la renta a la importación y venta de libros y productos editoriales afines en el país, y el reintegro tributario sobre el IGV en su comercialización. Ambas medidas resultaron un bálsamo para una industria bastante golpeada y con un mercado disminuido de forma dramática en los últimos años, aunque sus beneficios alcanzaron principalmente a las empresas editoriales más fuertes y consolidadas, que eran las que podían acceder al reintegro, dado el volumen de sus tirajes. Paradójicamente, o tal vez no tanto, fueron editoriales extranjeras como Planeta, Alfaguara, Norma o Santillana; algunas de las que más lo han aprovechado, así como los importadores de publicaciones españolas, colombianas, mejicanas o argentinas.

LOS QUE SOBRAN

Quienes quedaron fuera del baile son los editores chicos o independientes, que publican ediciones de bajo tiraje en géneros poco comerciales como la poesía, ensayos, narrativa, comics; y que privilegian autores noveles, escasamente promocionados o no pertenecientes al círculo más conocido de la movida literaria limeña. No obstante, varios de ellos han logrado salir adelante y posicionar la calidad de sus libros y sus sellos editoriales en el cerrado mercado librero. Si bien esta producción editorial no alcanza todavía en el Perú los niveles que, por ejemplo, se exhibe en Argentina o Chile, constituye el segmento más estimulante y promisorio de esta industria cultural.

Estos son algunos de los principales problemas que se presentan en el campo editorial nacional, y que rara vez se ventilan en las ferias del libro, así como tampoco las muchas veces  tirantes relaciones entre autores y editores, los porcentajes onerosos que las librerías imponen a las editoriales chicas, las dificultades para acceder al padrinazgo de la escasa prensa interesada en el tema, los cambios de las nuevas tecnologías y los e-books en las formas de comercialización y consumo de los libros y, por supuesto, la piratería, pero no solo para combatirla desde el punto de vista represivo sino ampliando el minúsculo mercado local.

Es de esperar que la creación de la Dirección del Libro y la Lectura en el Ministerio de Cultura sirva para que el Estado pueda tener una presencia más activa y reguladora en esta área, como se da en Argentina, México, Colombia, Chile o Brasil, que cuentan con pujantes industrias editoriales, que exhiben altos índices de consumo interno y exportación, lo que el Perú todavía se encuentra muy lejos de lograr.  

CÁMARA Y POLÍTICA     

La Cámara Peruana del Libro fue creada en 1946 y se presenta como una Asociación gremial y cultural de derecho privado y sin fines de lucro, que está integrada por más de 110 socios, entre empresas editoriales, editoriales universitarias, distribuidores de libros y libreros. En su actual directorio figura como vicepresidente el representante de la Editorial Planeta, y como presidente el dueño de las Librerías Crisol, James Jaime Carbajal. Este último, conocido también como “piñita”, formó parte del equipo de los publicistas Oscar Dufour y Daniel Borobio, así como del gabinete de Joy Way durante el gobierno de Fujimori. Luego reapareció en el gobierno de Toledo relacionado con César Almeida, que fuera jefe del Consejo Nacional de Inteligencia, y denunciado por un testigo como el portador de una coima  en el caso Bavaria. 

Más tarde incursionó en el cine como  socio de Hernán Garrido Lecca en la productora Alpamayo que realizó filmes animados y “La gran sangre” para finalmente aparecer como el propietario nacional de la marca Crisol, en una empresa que tiene como socios al ex ministro aprista José Antonio Chang y se presume también, al propio Alan García. También sería propietario de la editorial Titanium que, oh casualidad, ha editado los últimos libros de García Pérez (que dicen que sustentan sus boyantes ingresos).

LIBROS POLÉMICOS

Quien se encarga de toda la organización de la Feria Internacional del Libro es la directora cultural de la Cámara, la poeta Doris Moromisato. Ella es responsable de sus aciertos y desaciertos, con sus innegables logros y avances en cuanto a convocatoria de participantes y de público cada año, así como  de discutibles decisiones y reconocimientos, que comprometen seriamente el prestigio del evento.

Así por ejemplo, en la edición de este año, que es número 18, uno de los libros presentados será el del cantautor peruano Pedro Suárez Vértiz, con “Yo Pedro”, lo que originó no pocas críticas y burlas en las redes ante las afirmaciones del artista que solo había leído un libro en su vida. Sin embargo PSV no ha sido la única figura controversial, pues hace dos años, similares y hasta peores comentarios trajo la presencia del argentino Luis Corbacho en la feria, cuyo único mérito era ser ex pareja de Jaime Bayly,  y contar los chismes de su relación.

LA ZARINA

Pero lo que ha incendiado la pradera de esta oportunidad es haber incluido, al lado de los homenajes al desaparecido Antonio Cisneros y el todavía activo Marco Martos, un reconocimiento especial a Martha Meier Miro Quesada “por su contribución a la cultura y aliada en el fomento a la lectura a través de El Dominical de El Comercio”.  Los cuestionamientos van desde el amiguismo (MMQ dirigió hace unos años un documental sobre la poeta Moromisato: “Uno más uno… no siempre es dos”) búsqueda de favores con la mandamás de El Comercio, hasta simpatías fujimoristas, dado que ella fue candidata al Congreso en la rereelección del 2000, y es conocida su línea editorial en el diario.


En la otra orilla, el escritor Ivan Thays, sin justificar el acto, planteó que la Cámara, siendo una entidad privada, era libre de realizar homenajes a quien le plazca. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla, porque la Cámara se asume como la representación gremial de todo un sector, y en tanto tal, presiona y negocia institucionalmente con el Estado, y la propia Feria cuenta para su realización con el apoyo de los ministerios de cultura, educación y relaciones exteriores. Por tal razón, el reconocimiento deja de ser un asunto privado o personal para convertirse en institucional, comprometiendo de alguna manera a toda la comunidad de escritores y editores en el Perú, estén o no representados en la Cámara.  

LO BUENO

Pero más allá de los discutidos homenajes, en esta versión de 17 días de la Feria Internacional de Libro de Lima participan 170 stands de 21 países, recayendo este año en Puerto Rico ser el invitado de honor, con una numerosa delegación encabezada por el reciente ganador del Premio Rómulo Gallegos 2013, Eduardo Lalo, y presidida por  la escritora Mayra Santos Febres. Otros invitados son de Argentina, donde se destaca el novelista Federico Andahazi y la periodista Mónica Aristain; del Brasil con la escritora Ana Paula Maia y el músico Nei López; de Chile, el poeta Raúl Zurita y el narrador Hernán Rivera Letelier; de Colombia los poetas Juan Manuel Roca y Beatriz Vanegas; de Ecuador la poeta Soledad Córdoba; de Nicaragua, el novelista Sergio Ramírez y de México, el narrador Luis Arturo Ramos, entre muchos invitados internacionales.


Por eso, y a pesar de todo, siempre vale la pena darse un salto para visitar la Feria, y aprovechar las novedades y ofertas, cuando las encuentras.