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lunes, 18 de mayo de 2020

Cultura sin respirador artificial


Por Christian Wiener Fresco 

Con la reciente emergencia se desnuda, una vez más, la enorme precariedad del sector cultura
en nuestro país. Es cierto que la pandemia ha sido un tremendo golpe a los que trabajan en el área del arte, cultura y espectáculos a lo largo del mundo. La diferencia radica en cómo se viene abordando desde el sector público de cada país el apoyo y reimpulso a la actividad, donde el Perú se encuentra a la zaga, incluso en la región, por no decir inexistente.

La última cereza del pastel es la reciente revelación de las observaciones de la Contraloría General de la República al Ministerio de Cultura, en referencia al listado para el bono de apoyo a artistas y gestores culturales afectados por la pandemia, y que solicitan subsidios monetarios, dónde según el ente de control gubernamental: no se identificó que la Dirección General de Industrias Culturales y Artes, haya hecho uso de su sistema de información cultural o haya empleado el registro de personas naturales y jurídicas que administra y supervisa para verificar y filtrar la información recibida por los particulares.

Una acusación grave, porque con casi diez años de existencia, lo menos que se podía exigir al ente rector de la cultura en el país es que se contara con una base de datos confiable del sector a nivel nacional. Ahora se anuncia la creación de una Unidad de Estudios Económicos para llevar a cabo la tarea, pero independientemente de la nueva oficina, era obligación de las direcciones existentes el llevar adelante este recojo y renovación de información permanente en sus diversas áreas, establecida en el propio Reglamento de Organización y Funciones. Por lo demás, y gracias a la cooperación internacional, en el pasado se pudo sacar adelante importantes iniciativas informativas como el Atlas de Infraestructura y Patrimonio Cultural de las Américas, y la Plataforma de Información Estadística Infocultura.

Ahora se pide la cabeza de la ministra, como si un enésimo cambio de titular en el sector en lo que va de este gobierno, pudiera significar algo nuevo y mejor, y no más de lo mismo. Y no faltan, como siempre, los que claman por el cierre del Ministerio, olvidando lo que fue en su momento el maltratado Instituto Nacional de Cultura.

En realidad el problema de este Ministerio es estructural, y está más allá de las personas que estuvimos allí. Tiene un problema de origen, en las postrimerías del segundo gobierno de Alan García, creándose más por razones de figuración política del mandatario, que en respuesta a una política cultural organizada, que no existía. Por eso en la práctica fue un cambio de nombre y rango del INC, al que se agregó el viceministerio de interculturalidad, por la iniciativa de legisladores nacionalistas, aunque con el mismo presupuesto de la anterior entidad.

Para el Estado la cultura siguió siendo algo accesorio, dedicado a administrar el patrimonio y vivir del mismo, como lo reveló la propia ministra en referencia a los ingresos de Machu Picchu en su última intervención virtual con el Congreso, y tratar de gestionar actividades y concursos en diferentes sectores artísticos. Cualquier iniciativa chocaba con la invariable resistencia del MEF, uno de cuyos funcionarios mencionó alguna vez “que de cultura nadie se muere”.Pero también con la propia dinámica de un estado fraccionado, donde Promperú por ejemplo podía disponer ingentes cantidades de dinero para promover la marca Perú con artistas escogidos a dedo, saltándose por encima cualquier esfuerzo del Ministerio de Cultura por formalizar la relación del sector. Agréguese a lo anterior la situación de enorme precariedad de las direcciones culturales en las regiones, con la notoria excepción de la cusqueña, y la escasa o nula coordinación (cuando no rivalidad) con las oficinas y departamentos de cultura en los gobiernos regionales y municipales.

El Ministerio de Cultura debió ser el ente rector de la cultura a lo largo de todo el territorio, y no superponer funciones ni acciones, buscando optimizar y potenciar los escasos recursos disponibles, propiciando la participación más abierta de todos. Pero una cierta tendencia economicista, que se acentuó en los últimos años con todo el discurso marketero de la “economía naranja” promovido por el BID, privilegió la acción en las industrias culturales –como si ya estuvieran consolidadas en el país- centrándose en los intereses y necesidades de los productores, obviando a los otros actores y trabajadores del sector. Eso se evidencia en la negativa a abordar, e incluso disminuir, los derechos laborales de los trabajadores audiovisuales en la nueva Ley de Cine, y el abandono de las mejoras de la Ley del artista. No extraña por ende que después no se tenga la data de sectores invisibilizados, y se tenga que recurrir a una empresa para obtenerla, no obstante contar con un Registro Cinematográfico (así como lo había también de los Puntos de Cultura) desde antes de la creación del Ministerio. La cultura antes de ser empresas, logos y obras, son personas de carne y hueso que lo hacen posible, como esta pandemia lo demuestra.

No deja de ser llamativo que a pesar de haber incrementado su presupuesto en estos años, por ejemplo, la Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios (DAFO) del Ministerio no cuente a la fecha con una base de datos de todas las películas peruanas realizadas con o sin presupuesto público, con sus fichas técnicas y artísticas completas como las que se ponen a disposición, de acceso público, en otros países de la región. Tampoco que se pueda disponer de un archivo de películas nacionales para ponerlas en red, lo que fue evidenciado en la cuarentena. Tal vez eso explique la resistencia de tantos años al tema de la Cinemateca Peruana, porque siempre es más cómodo y seguro seguir administrado lo existente antes que arriesgarse a lo nuevo.   

El Ministerio de Cultura requiere un cambio radical. No es solo más presupuesto, que es necesario e imprescindible, sino un giro en sus planes y metodologías, en todas las áreas (para no hablar de lo que sucede en las de Patrimonio o Interculturalidad, cuya ausencia, más allá de lo retórico, sobre la situación de las comunidades indígenas en la selva es alarmante). Por supuesto que nadie esperaba un evento como el Covid19, sin embargo su capacidad de respuesta ha sido tan lenta, cuando no burocrática, que exasperó con justa razón a los desesperados artistas y gestores culturales, que empezaron levantando firmas y pedidos ante el silencio oficial. En estas circunstancias, la única garantía posible es la organización y agremiación, independiente y no sometida al Ministerio ni ninguna autoridad, para luchar y demandar por los derechos y reivindicaciones elementales en las leyes, como cualquier trabajador, más allá de la ayuda inmediata, que urge para los que no tienen ninguna seguridad de ingreso a fin de mes. 

domingo, 19 de abril de 2020

Como sobrevivir a la pandemia en el cine peruano

Por Christian Wiener Fresco 

La pandemia del coronavirus Covid19 que abate al planeta significa, además de millones de infectados y miles de muertes en diversos continentes, una brutal crisis de la actividad económica en todos los campos productivos y comerciales, paralizados o semiparalizados
como consecuencia de las rígidas medidas de cuarentena que casi todos los gobiernos se han visto obligados a implementar, aun a regañadientes. Dentro de los sectores fuertemente golpeados, uno de los que se encuentra en más grave situación es el cultural, por su fragilidad intrínseca, incluso en las economías más poderosas, y por requerir del favor del público, que por la naturaleza del contagio de la enfermedad a escasa distancia, va a tener que estar, hasta nuevo aviso, prohibidos de realizar espectáculos o presentaciones con cualquier aforo.

En el campo audiovisual, y especial en el cinematográfico, el mazazo recibido ha sido contundente.  Las millonarias pérdidas de Hollywood se miden no solo en las suspensiones y/o cancelaciones de decenas de estrenos programados con gran antelación, así como de rodajes y eventos conexos. Todo ello en medio de la competencia con las plataformas digitales tipos Netflix, que de hecho, con estas circunstancias, ya le ganó la partida, y tal vez estemos asistiendo al canto de cisne de la forma de espectáculo cinematográfico que dominó el siglo XX. Pero esta crisis se repite con igual ferocidad en las cinematografías europeas, asiáticas y latinoamericanas, desde las más consolidadas a través de una antigua industria, tipo Argentina, Brasil o México, y las restantes, más precarias, entre las que se encuentra la peruana.

Al cine nacional lo toma esta coyuntura en un momento muy particular, luego de la promulgación por el Ejecutivo del Decreto de urgencia de promoción de la actividad cinematográfica y audiovisual peruana, pendiente de aprobación todavía del nuevo Congreso. Esta apuntaba a la ampliación vía presupuestal de la actividad, incorporando a los productores de un cine “más comercial” con la posibilidad de poder acceder a empresas que deduzcan parte de su impuesto, y apoyada en buena parte en las coproducciones, por lo que se redujo y flexibilizó la participación de artistas y técnicos nacionales.

La furia del Covid19 por lo menos aplazó esta perspectiva, evidenciado, además de la débil   institucionalidad del sector –con gremios casi inexistentes fuera del membrete- los graves problemas de fondo de una Ley impuesta por los funcionarios del Ministerio, y donde no se quiso escuchar voces alternas. La carencia de una Cinemateca Nacional se ha notado –y como- cuando en todo el mundo los archivos fílmicos ponían a disposición de las personas en cuarentena buena parte de su material histórico disponible. Incluso instituciones de cine, como en Argentina, Colombia o México presentaron películas financiadas con dinero público, lo que no ha sucedido en el Perú con la DAFO. Si se ha visto cine peruano en las redes fue por iniciativa individual y loable de cada cineasta, o copias preexistentes en youtube u otros portales y plataformas. Esto también pudo tener impacto en los programas de educación a distancia que viene desarrollando el MINEDU, y donde los cineastas y sus instituciones, permanecen todavía ausentes, a diferencia, por ejemplo, de los teatristas.

Sin embargo, y a pesar de las objeciones que en este y otros aspectos se puede tener con la nueva norma, eso no es óbice para avalar propuestas de echar mano de los 25 millones de soles de estímulos económicos presupuestados este año para la cinematografía (en poco más de un 80%) y otros sectores culturales para paliar la crisis del sector.  Es cierto que hay una lógica y natural desesperación en muchos rubros y actividades de la cultura, que se vienen movilizando pese a su escasa organicidad, recogiendo firmas para demandar apoyo del Estado, lo que evidencia además una ineficacia del Ministerio de Cultura, no solo para salir al frente como han actuado otras carteras del gobierno, sino incluso para censar a los que forman parte activa de este campo en todo el país. Pero no se viste un santo desvistiendo a otro, y tiene que dejar de mirarse a la cultura como el patito feo oficial, que vive de las migajas del gobierno. Por lo demás, esa cantidad en gasto corriente, si la medimos en todos los posibles beneficiados, resultaría mínima, y solo para el corto plazo, cuando lo que se viene es de larga duración.

Es hora de exigir al gobierno y en especial al MEF que el sector cultura tenga un trato al mismo nivel e importancia que los otros sectores, y urgente. De lo contrario, estaríamos avalando los prejuicios que se repiten en los medios, incluso en periodistas de espectáculos. Es muy bonito aplaudir sus obras con acceso gratuito, y cantar en los balcones, mientras se les ningunea y desconoce que son personas con iguales derechos y necesidades que los demás. En contra de lo que se afirma por allí, en diversas partes del mundo se están haciendo rescates al sector, desde los Estados Unidos a Alemania, Francia, España o Reino Unido, y en América Latina, en Argentina, Colombia y Chile. En México hay ahora un fuerte debate sobre la posibilidad de recortar drásticamente los fondos cinematográficos, lo que también podría suceder en el Perú, porque ya sabemos que en nuestro país lo excepcional se vuelve permanente, en especial cuando se trata de dinero, y si este año se cede nada garantiza, ni siquiera una Ley como antes se ha demostrado, que pueda volver a contarse con ese presupuesto para el cine en el futuro. Recuérdese además que el próximo año hay elecciones, y muy posiblemente va a estar en el ojo mediático las asignaciones presupuestales, por lo que no conviene poner en riesgo los recursos que con mucho esfuerzo los cineastas han logrado obtener estos años.        

Lo que no quita que deben replantearse varios de los concursos inicialmente previstos por la DAFO para este año ante la nueva situación, por lo menos durante el período de restricciones que no sabemos hasta cuando se extenderá.  Es el caso de los concursos para festivales, asistencias a eventos, estrenos, etc. que por el momento resultan inviables, salvo que se den en la plataforma digital (varios festivales internacionales están apostando a la reconversión, entre ellos Cannes). Espacio que debiera ser priorizado ahora, como el televisivo, para ampliar la producción y difusión. Por lo demás la producción, que tiene su propio ritmo, no debe parar, tanto en Lima como las regiones, lo que tendrá un impacto no solo en los cineastas sino en otras actividades artísticas y de servicios conexos. Tal vez sería bueno replantear presupuestos y no hacer tantas convocatorias como en años pasados. Eso sí, y como viene sucediendo en otros países, para reactivar la producción y el sector es necesario apostar en este momento a los actores y técnicos peruanos, con condiciones sanitarias, económicas y de seguridad laboral justas, para que la ley beneficie a todos por igual.

Finalmente, las crisis son también oportunidades, y es momento de replantearse muchas cosas con lo que estamos viviendo, empezando por la Ley de Cine ahora que los dogmas del libre mercado que nos han dominado tantos años están en revisión. Será motivo para volver a plantearse la cuota de pantalla, ya no solo en las venidas a menos multisalas, sino en las plataformas digitales, como se viene haciendo en otras partes del continente, o el tema de no depender del siempre frágil presupuesto estatal, sino de un fondo realmente autónomo, proveniente de la propia actividad. Y finalmente contar, por fin, con la Cinemateca peruana, con mayor razón en momentos que muchas de las actividades programadas para el Bicentenario terminaran siendo canceladas o postergadas, la posibilidad de contar con un archivo audiovisual propio debiera ser un imperativo nacional.                      

domingo, 4 de agosto de 2019

La hora de los hornos del cine latinoamericano (y peruano)

Por Christian Wiener Fresco



Vientos de borrasca en el cine latinoamericano. Coincidente con la aplicación de recetas económicas neoliberales, ascenso de grupos intolerantes y medidas represivas en la región, hay un notorio estancamiento, cuando no regresión, en las políticas culturales en el campo cinematográfico en diversos países. Ello se traduce en disminución de los estímulos económicos, abandono de los sistemas de acceso de las películas al público (cuota de pantalla, mínimo de mantenimiento) y creciente manifestaciones censoras, con la amenaza latente de echar abajo las leyes vigentes de apoyo a sus cinematografías, que le dieron amplia visibilidad al cine latinoamericano en los últimos años.     


De otro lado México, que acaba de suscribir un nuevo tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, redujo su posibilidad de cuota de pantalla del 30 al 10%, mientras en la Argentina de Macri y también Brasil se denuncia el abandono y desinterés gubernamental por supervisar el cumplimiento de sus normas para garantizar el acceso de sus películas a las salas de cine, lo que permite consolidar el monopolio de las mismas por las Majors hollywoodenses con sus ‘Avengers’ y otros marketeados productos seriados.

Por si fuera poco la sombra de la censura política y religiosa oficial parece querer volver a enseñorearse en el continente como lo acreditan varios casos en Colombia y Argentina, y el grave intento anunciado del gobierno de Bolsonaro en Brasil para controlar y eventualmente liquidar el ANCINE y la producciónfinanciada en parte por el Estado, anunciando la imposición de “filtros morales” y quien sabe después de que tipo, para ahogar la cinematografía más crítica brasileña. Se plantea además redireccionar los fondos de mecenazgo de la Ley Rouanet para la producción más abiertamente comercial, lo que también se viene haciendo en el cine argentino y chileno, y se propone para el mexicano.

Toda esta ofensiva contra el cine latinoamericano no logra consolidarse por las denuncias y resistencia de los cineastas y sectores de la cultura. Los gremios de trabajadores y artistas de cine en cada país tienen un activo rol de oposición y defensa de sus espacios y necesidades, no prestándose al juego de las autoridades gubernamentales por dividirlos entre cineastas supuestamente independientes versus comerciales, que es siempre el primer paso para después argumentar que no debiera haber ningún tipo de ayuda o control con la clásica leyenda del “libre mercado”, que ya sabemos que es solamente para los más poderosos.

Al lado de estos temas preocupantes, que ponen riesgo la continuidad de los programas de integración regionales como Ibermedia, lo que viene sucediendo con el cine peruano  en el escabroso proceso por conseguir una nueva Ley de cinematografía en el Congreso (pendiente de segunda votación), parece una anécdota menor. Y no porque no sea importante y necesaria la ampliación del presupuesto actual, pero como podemos ver en los países vecinos, ello no garantiza nada más allá del corto plazo mientras se siga dependiendo del erario público y la voluntad gubernamental. La posibilidad de donar dinero para invertirse en producciones y deducir el gasto de hasta 10% del impuesto a la renta es también significativo, aunque parece pensado, como en otros lados, solo en proyectos que puedan garantizar retorno económico, ergo que se apoyen en formulas probadamente comerciales.

Pero a cambio de esto, como se ha señalado en diversos comentarios, se renuncia a toda posibilidad para cautelar que las películas peruanas lleguen a las salas nacionales, que es su mercado natural;  se reducen los derechos de los artistas y trabajadores cinematográficos peruanos, y  se deja nuevamente de lado el rescate  y preservación de nuestra memoria audiovisual con la anhelada Cinemateca Nacional, el desarrollo de acciones para la formación de público desde la escuela, el impulso al cine cultural y el poder contar en un futuro próximo con una Escuela pública para nuevos cineastas.


Lo más grave sin embargo es que a todo lo anterior se suma el intento de consagrar de forma “legal” la censura institucionalizada, al incluir en el artículo IV de las disposiciones generales del proyecto, que dice que no puede beneficiarse de las medidas contenidas en la presente ley “las obras que vulneran o no respeten el ordenamiento jurídico peruano ylos reglamentos de la presente ley”. El silencio de los gremios cinematográficos peruanos al respecto es preocupante, porque la censura no es un error o  “exceso” verbal, ni un asunto sin importancia, sino algo fundamental en toda actividad creativa y un peligro latente como se ha visto en otras partes, y por supuesto inaceptable bajo cualquier forma o argumento en una cinematografía como expresión cultural.   

En esta semana se inaugura la vigésima tercera edición del Festival de Cine de Lima que organiza la PUCP, que de alguna manera se ha institucionalizado como el más importante en el país (el año pasado fue inaugurado por el presidente Martín Vizcarra). Y este año se inicia con un documental sobre el poeta Javier Heraud y en la programación se anuncia la exhibición de documentales sobre la Reforma Agraria de Velasco, la trayectoria  política de Hugo Blanco y la lucha de Máxima Acuña contra la mina Yanacocha en Cajamarca, así como ficciones con temática LGTBI. Se incluye además homenajes y retrospectivas del grupo peruano Chaski, la realizadora francesa Claire Denis y del cineasta boliviano Jorge Sanjinés, entre otros. ¿Se imaginan que contradictorio sería promover todo ello en un país que consagre legalmente la censura en su cine?