Por Christian Wiener Fresco
Las
lamentables declaraciones del gerente de
Turismo, Cultura, Educación y Medio Ambiente de la Municipalidad del Cusco, Martin Romero Pacheco,
en la última jornada del Encuentro Nacional de Cultura que se realizó en esa ciudad, y que
le terminaron costando el puesto a los pocos días; han servido para reavivar un
tema que la opinión pública y los medios conocen, pero de la que
muy poco se habla.

Hasta aquí, todo no pasaría de un incidente de uno de tantos
funcionarios desubicados, que no duda en ventilar sus prejuicios racistas en
público, con el agravante de trabajar en el sector cultura y residir en una
región y ciudad con tanta historia como
para ser considerada como la “capital arqueológica de América”.
Sin embargo, lo dicho por Romero no es el único caso de este
tipo de pensamiento al interior del Estado, que considera a la cultura y lo
ancestral como un “estorbo” a la modernidad. En similares términos se han
expresado en los últimos tiempos otros funcionarios respecto a la protección de
nuestro patrimonio material e inmaterial, los derechos de los pueblos
originarios a su cultura y territorio, o la defensa del medio ambiente y el
ecosistema natural. Lógica que está en la base de los Decretos Supremos 054 y
060 de la PCM, que buscan festinar los trámites de supervisión y control de las
autoridades de cultura y ambiente, para dar supuestas facilidades a la
inversión pública y privada.
Las declaraciones de Romero sobre el quechua son compartidas
por muchos en el país, sea en Lima, Cusco, Arequipa o Trujillo; aunque no todos
tengan el coraje de manifestarlas en público. Sin embargo es un discurso
profundamente enraizado en el inconsciente de sociedades racistas y colonizadas
como la peruana, tanto desde el lado de los discriminadores como de quienes,
para no verse discriminados, optan por tratar de esconder su identidad quechua
hablante.
El desprecio por el pasado supérstite puede en muchos casos enmascararse con el tributo a los fastos de
los restos imperiales que encandilan a los turistas. Como señala la historiadora Cecilia Méndez, la
república criolla glorificó a la aristocracia inca al tiempo que despreciaba al
indio contemporáneo. Es el caso también de una institución oficial como la
Academia Mayor de la Lengua Quechua, creada para cautelar la pureza del idioma
de los incas, antes que para promover su uso, difusión y puesta en valor entre
la población.
Algo similar se podría decir de la labor que realiza la
Dirección de Educación Intercultural y Bilingüe del MINEDU, más allá de los
buenos propósitos y loables esfuerzos que animan a los que trabajan en esta área;
al persistir en el equívoco de ver al quechua, y otras lenguas vernáculas, como
elemento anclado en el pasado y de alcance restringido, que se debe cautelar casi
por obligación, y no como factor vivo y dinámico, que hablan e identifican a
millones de peruanos.

Tal vez todo esto suene a utopía romántica e impracticable,
pero si no empezamos a cambiar de enfoque en este tema crucial, volteando hacia
ese otro Perú que está ahí pero no se quiere ver ni reconocer, no nos
sorprendamos después cuando, más temprano que tarde, otro funcionario ya no
hable de cáncer para referirse al quechua, sino simplemente se limite a un
responso.
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