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miércoles, 21 de agosto de 2013

Runasimi para todos

Por Christian Wiener Fresco

Las lamentables declaraciones del gerente de Turismo, Cultura, Educación y Medio Ambiente de la Municipalidad del Cusco, Martin Romero Pacheco, en la última jornada del Encuentro Nacional de Cultura que se realizó en esa ciudad, y que le terminaron costando el puesto a los pocos días; han servido para reavivar un tema que la opinión pública y los medios conocen, pero de la que muy poco se habla.   


Hasta aquí, todo no pasaría de un incidente de uno de tantos funcionarios desubicados, que no duda en ventilar sus prejuicios racistas en público, con el agravante de trabajar en el sector cultura y residir en una región y ciudad con tanta historia  como para ser considerada como la “capital arqueológica de América”.

Sin embargo, lo dicho por Romero no es el único caso de este tipo de pensamiento al interior del Estado, que considera a la cultura y lo ancestral como un “estorbo” a la modernidad. En similares términos se han expresado en los últimos tiempos otros funcionarios respecto a la protección de nuestro patrimonio material e inmaterial, los derechos de los pueblos originarios a su cultura y territorio, o la defensa del medio ambiente y el ecosistema natural. Lógica que está en la base de los Decretos Supremos 054 y 060 de la PCM, que buscan festinar los trámites de supervisión y control de las autoridades de cultura y ambiente, para dar supuestas facilidades a la inversión pública y privada.

Las declaraciones de Romero sobre el quechua son compartidas por muchos en el país, sea en Lima, Cusco, Arequipa o Trujillo; aunque no todos tengan el coraje de manifestarlas en público. Sin embargo es un discurso profundamente enraizado en el inconsciente de sociedades racistas y colonizadas como la peruana, tanto desde el lado de los discriminadores como de quienes, para no verse discriminados, optan por tratar de esconder su identidad quechua hablante.

El desprecio por el pasado supérstite  puede en muchos casos  enmascararse con el tributo a los fastos de los restos imperiales que encandilan a los turistas.  Como señala la historiadora Cecilia Méndez, la república criolla glorificó a la aristocracia inca al tiempo que despreciaba al indio contemporáneo. Es el caso también de una institución oficial como la Academia Mayor de la Lengua Quechua, creada para cautelar la pureza del idioma de los incas, antes que para promover su uso, difusión y puesta en valor entre la población. 

Algo similar se podría decir de la labor que realiza la Dirección de Educación Intercultural y Bilingüe del MINEDU, más allá de los buenos propósitos y loables esfuerzos que animan a los que trabajan en esta área; al persistir en el equívoco de ver al quechua, y otras lenguas vernáculas, como elemento anclado en el pasado y de alcance restringido, que se debe cautelar casi por obligación, y no como factor vivo y dinámico, que hablan e identifican a millones de peruanos.

El gran reto de una política realmente inclusiva en esta área es no solo mantener o respetar el quechua y la diversidad  de lenguas del país, sino difundir e incorporar nuestra gran riqueza lingüística a toda la población; es decir, que salga del gueto idiomático al que lo ha condenado un Estado monolingüe y discriminador, para que nadie se vuelva a sentir avergonzado por usarlo sino todo lo contrario. Eso implicaría incorporar su enseñanza al currículo escolar y universitario y su uso a la práctica cotidiana de las instituciones públicas (de esa manera, los comunicados en quechua no serían la  excepción sino la regla) y porque no también, cada vez más de las privadas. Y por supuesto también, en los medios de comunicación, tanto escritos como especialmente orales y audiovisuales, que deberían ofrecer una programación cada vez más bilingüe e intercultural, como es la realidad de nuestro país.


Tal vez todo esto suene a utopía romántica e impracticable, pero si no empezamos a cambiar de enfoque en este tema crucial, volteando hacia ese otro Perú que está ahí pero no se quiere ver ni reconocer, no nos sorprendamos después cuando, más temprano que tarde, otro funcionario ya no hable de cáncer para referirse al quechua, sino simplemente se limite a un responso. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

En blanco y negro o a todo color

Por Christian Wiener Fresco


El otro día ingrese al  portal web de Tondero films y representaciones; y me percaté que en la galería de fotos de sus representados, entre los que se incluyen decenas de actores, actrices, conductores y cantantes; no se encontraba ninguno de rasgos indígenas o afroamericanos. 

En realidad este hecho no debería llamarnos la atención, ya que desde hace mucho tiempo en la televisión, publicidad e incluso buen parte del cine y el teatro peruano, es casi inexistente la presencia de otras personas que no correspondan al fenotipo blanco occidental,  como si fuéramos, al decir de Jorge Bruce, un país escandinavo. Lo que sorprende sí, es que el portal al que aludimos sea de la empresa que produjo el gran éxito comercial de “Asu Mare”, que supuestamente promovía el ascenso y la inclusión social y es producto de bandera de la “Marca Perú”.

Se cree equivocadamente que solo existe racismo cuando se hace ostensible y grosero, caso de algunos personajes cómicos, programas de concursos o en coyunturas especiales, cuando las pasiones se crispan, como las elecciones, pero se olvida que tan o más discriminatorio es la invisibilización de los otros, la negación de su presencia, que se encuentra tan acendrada en la ideología de las mayorías que casi no lo perciben o les parece natural. Muy significativo fue al respecto la airada reacción de ciertas elites al proyecto fotográfico de Daniela Ortiz, con escenas cotidianas de familias pudientes que descubrían a escondidas la presencia de 97 empleadas domésticas, convertidas en adornos y fondo de las imágenes.


Nadie duda que los mensajes racistas, machistas y de exclusión social sean práctica cotidiana en los medios de comunicación consumidos por millones de peruanos.  Sin embargo no existe sanciones  porque la actual Ley de Radiodifusión deja en manos de los dueños de los medios la “autorregulación”, que es una farsa conocida y admitida.

Es insólito que mientras un local púbico puede ser cerrado por prácticas que se consideren racistas y discriminatorias, ello no se aplica a los medios de comunicación, que pueden insultar y burlarse impunemente y no reciben mayor sanción que la social (tenemos el triste privilegio que un periodista peruano ganó el premio ‘al artículo más racista del año’ de una organización internacional que defiende a las organizaciones indígenas). Y si alguna autoridad osa siquiera cuestionar a un medio, estos inmediatamente reaccionan en conjunto, alegando un supuesto atentando a la libertad de expresión, que en realidad no es más que libertad de empresa.
Cuando se habla de la crisis de nuestro sistema educativo se suele soslayar el rol de los medios de comunicación en la formación de valores y prácticas ciudadanas y de una conciencia intercultural. Y no porque creamos a estas alturas en teorías como la de la aguja hipodérmica o de la influencia directa de los medios en el comportamiento humano, descartadas por su determinismo y unidireccionalidad; lo que no significa, empero, obviar el peso de los mensajes mediáticos en el menú cotidiano, más aún en niños y jóvenes que conviven con ellos y lo reproducen como algo “normal no más”.  
Urge por tanto poner en evidencia la continuidad del mensaje racista en nuestra sociedad, y vale los esfuerzos de denuncia en las redes de colectivos y personas que son cada vez menos tolerantes frente a la discriminación. Pero con todo, es insuficiente, correspondiendo al Estado, y en particular al Ministerio de Cultura, encabezar una campaña por visibilizar nuestra diversidad cultural, no sólo desde la comida, el folklore o la vestimenta; sino en la persona humana y su relación intercultural. Esa que suele olvidarse en los castings y promociones de las empresas exitosas, porque del dicho al hecho, hay casi siempre mucho trecho.

jueves, 7 de febrero de 2013

En la Diversidad esta el gusto y el disgusto

Por Christian Wiener
 Prosiguiendo con los apuntes sobre los Lineamientos de Política Cultural 2013- 2016 presentado recientemente por el Ministerio de Cultura, haremos referencia en esta oportunidad a lo indicado en el texto en varios de sus acápites (o lineamientos de trabajo) que definen algunas líneas matrices del pensamiento y accionar de la institución rectora de la cultura en el país.  
En primer lugar se define la opción intercultural como rectora del accionar del ministerio y el Estado en su conjunto,  porque sus implicancias atraviesan de forma transversal  a toda la sociedad: “la meta hacia una sociedad intercultural implica tanto inclusión social como la construcción de nuevas relaciones que respeten y valoren las diferencias culturales sin soslayar el destino mestizo integrador de nuestra nacionalidad”, se señala en el documento.  El problema, claro está, es como se traduce los conceptos y declaraciones en políticas concretas. Por  ejemplo, en cuanto al proceso de la controvertida Ley de Consulta Previa existe el legítimo derecho a preguntarse hasta qué punto ha sido llevado adelante por el gobierno porque cree efectivamente en ella, y no solo para cumplir el Convenio 169 de la OIT, y evitar las demandas de las comunidades indígenas y nativas que ayudaron al encumbramiento del actual gobierno,  y que no admiten una nueva traición a sus legítimos derechos. La impresión general es que nuestras autoridades arrastran los pies en este tema porque saben que es terreno minado, tanto por los requerimientos económicos y empresariales como por las presiones de las diversas etnias y comunidades, muchas de las cuales ocupan ancestralmente territorios ambicionados por los extractores nacionales y extranjeros.    

Es cierto que aquí la primera responsabilidad le cabe al Ministerio de Energía y Minas, que sigue siendo, como otras carteras, una entidad capturada por el capital, nada imparcial y sólo preocupada en lotizar el territorio nacional al mejor postor, aun contra las promesas electorales del actual presidente. En tal circunstancia, le cabe al Ministerio de Cultura representar y dar voz y presencia a las comunidades originarias en el gobierno, como lo tiene que hacer el Ministerio del Ambiente en la defensa medioambiental o Agricultura en cuanto al uso del agua; pero todo ello se desdibuja cuando se quiere reducir la llamada “conflictividad social” a factores externos (“agitadores antimineros”), invisibilizando a las comunidades y pueblos directamente involucrados, en vez de generar un diálogo intercultural, que no solo respete sino promueva la diversidad cultural en sus diferentes aspectos y alcances.       

Por tanto, la Consulta Previa no debe ser vista  como un obligado referéndum para garantizar inversiones (que ni siquiera es vinculante), en función a la Base de Datos de Pueblos Indígenas que viene elaborando el Viceministerio de Interculturalidad, sino como un principio y derecho intercultural básico de todas las poblaciones del país, para decidir de manera efectiva y no simbólica, sobre su suelo, subsuelo, cultura y opción de desarrollo. Y si las empresas y el Estado consideran prioritaria una concesión, y que no va a afectar ni a la naturaleza ni los modos de producción tradicionales en la zona, pues que se den el trabajo, con sus recursos, para disuadir y convencer a la población directamente involucrada, antes que demonizarla o incluso reprimirla, como en más de una ocasión ha sucedido. La Consulta Previa debería  ser el principio de toda democracia real y de una sociedad que promueve como uno de ejes rectores la interculturalidad, por esa razón, y más allá del  “realpolitik”, debería aplicarse a diferentes ámbitos y espacios del quehacer público, como el legislativo, para que las leyes sean producto del conocimiento y consenso de los directamente implicados y no  resultado de lobbies y presiones políticas y económicas a favor de los intereses más poderosos.   

LA IMAGEN DEL OTRO

En general, preocupa saber cómo se concretan las políticas interculturales enunciadas en el documento y cuáles son sus mecanismos de ejecución pública, porque se podría estar corriendo el riesgo de quedar en una noción abstracta y poco funcional como sucede en cierta medida en Bolivia con el Viceministerio de Descolonización dentro del Ministerio de las Culturas.

Una incidencia fundamental es, por supuesto, el plano educativo, y me refiero con ello no solo lo que se da dentro de la escuela sino fuera de ella, donde la cultura es factor central tanto a nivel de discurso como de relaciones interpersonales y comunitarias. Y un rol esencial le cabe en este tema a los medios de comunicación, que no pueden continuar como territorios donde “todo vale”, sin una incidencia social y cultural relevante. La pervivencia de mensajes racistas, machistas y de exclusión social sigue siendo práctica cotidiana en la publicidad, programas y noticieros consumidos por millones de peruanos por radio, televisión y prensa escrita, más aún en circunstancias críticas como los procesos electorales.  Frente a ello, la reacción de las autoridades gubernamentales ha sido muy tenue, porque la Ley de Radiodifusión deja en manos de los dueños de los medios la “autorregulación”, que es cada vez más una farsa, y se teme la reacciones invocando la libertad de prensa (que es más libertad de empresa) frente a una supuesta intromisión estatal.

Es curioso como el fantasma de la intervención estatista de Velasco hace casi 40 años pervive en el imaginario de muchos –alimentado por los medios- mientras la vergonzosa compra de los empresarios en el gobierno de Fujimori hace 12 años, que envileció a los medios como nunca antes en el país, se enfoca solo desde el punto de vista policiaco y judicial,  diluyéndose e incluso perdonando socialmente a sus responsables, porque muchos de sus allegados, testaferros y caras visibles siguen al mando de los medios o en la conducción de sus principales programas. Por ese motivo, paradójicamente, mientras un local púbico puede ser cerrado por prácticas que se consideren racistas y discriminatorias, ello no se aplica a los medios de comunicación, que pueden agredir impunemente (tenemos el triste privilegio que un periodista peruano ganó el premio ‘al artículo más racista del año’ de una organización internacional que defiende a las organizaciones indígenas).

Pero el discurso excluyente y discriminador no se limita solo a los casos extremos y ofensivos, ni es exclusividad de ciertas figuras mediáticas, sino que esta interiorizado en nuestras acciones cotidianas, incluso en el propio quehacer cultural del Estado y la propia comunidad artística. El artista Jorge Miyagui  me hacía notar que conceptos como “artesanía” o “arte popular” en oposición al “arte tradicional” es una forma de perpetuar una visión colonialista que termina marginando a las primeras frente a  la última, como si fueran expresiones inferiores y menos validas, lo que nos retrotrae a la polémica de 1976 por el Premio de Cultura al maestro  Joaquín López Antay ; o como la llamada “danza contemporánea” es vista desde los parámetros eurocéntricos y no se considera al Huaylas, Huayno o Festejo como parte de ella. Discriminación que no es solo conceptual, porque se reproduce en la institucionalidad artística oficial, sea en sus espacios culturales, centros de formación, prensa especializada, reconocimientos, etc. Otro ejemplo pertinente es el del cine regional, que durante varios años fue visto solo como fenómeno antropológico mientras el otro cine, de la capital, si merecía la atención crítica y estética especializada.

En ese sentido, la “producción de una nueva ‘narrativa’ sobre la nación” que debe ser acompañada por el Ministerio de Cultura, debe partir por preguntarse quienes serían los posibles destinatarios de este discurso y en qué contexto se presenta, para evitar la esquizofrenia entre el discurso de la cultura de la entidad oficial y el que producen otros sectores del mismo Estado. Al Ministerio de Cultura le corresponde encabezar la campaña para empoderar una política cultural amplia e inclusiva de manera general en la sociedad, empezando por el propio Estado, para que este, desde las más altas instancias hasta los niveles más pequeños de la administración pública, unifique criterios básicos sobre la misma y sus implicancias sociales, políticas y culturales. La cultura como agente de ciudadanía solo se empezará a forjar en la medida que todos, del Presidente al último concejal, entienda que la cultura es algo más que prácticas y actividades vistosas que supuestamente acompañan los “temas serios”, y que se encuentra anclada en nuestro imaginario y actuar cotidiano, por lo que la política cultural pública debe incidir en ella,  para construir una sociedad más plural, democrática y solidaria.   

CULTURA  DESCENTRADA

La descentralización debe ser también uno de los vectores básicos de la Política Cultural, pero esta debe traducirse en transferencia efectiva de funciones, facultades y recursos a las Direcciones Regionales de Cultura, así como capacitación y experticia en el manejo de la cosa pública, para evitar los problemas y limitaciones del proceso de regionalización impulsado en el país en los últimos años; así como un manejo digitado desde el centralismo sempiterno del Perú.

La articulación del Ministerio de Cultura, como organismo rector de la cultura en el país, con los gobiernos regionales –a donde deberán integrarse las DRC- y las direcciones y gerencias de los gobiernos locales es imprescindible, no solo en el rol de asesor y/o capacitador en gestión y políticas públicas en cultura, sino para consolidar criterios y prácticas comunes en esta área, respetando las diferencias culturales y de trabajo en cada lugar. Un elemento fundamental son los recursos económicos que se requieren para impulsar el trabajo cultural en las regiones y distritos, por lo que debería flexibilizarse el uso de los fondos del canon y otros ingresos extraordinarios que se recaudan en buena parte del país (incluido el FONCOMUN) para poder canalizar parte del dinero para el sector cultural, tanto en obras de infraestructura y preservación del patrimonio, como en la promoción de la actividad y desarrollo de la misma.  Esto debiera ir acompañado de una legislación que propicie y favorezca este uso de manera responsable y transparente, evitando los amiguismos y clientelismos, y que se traduzcan en proyectos serios y sustentables, para no repetir la experiencia de las bibliotecas municipales, establecidas como obligación en la Ley Municipal, pero que cuando existen, en la mayoría de los casos no cumplen los requisitos mínimos como institución, para no hablar de sus inexistentes políticas culturales.

En cuanto a la política sobre patrimonio es muy positivo que se valore su uso por la ciudadanía, que “refuerce identidades locales y que llegue a insertarse creativamente en distintas políticas de desarrollo económico y social”; buscando que su gestión no sea privatizada ni genere exclusión de un bien común de la nación y sus ciudadanos. Pero, otra vez, ¿cómo se colige esta legítima y muy justa exigencia con las demandas e imperativos de la promoción turística? Ahí están los reiterados casos de conflictos por el manejo de bienes patrimoniales reconocidos por la UNESCO, caso Machu Picchu, o la política con los artistas, que muchas veces se ven obligados a desnaturalizar sus obras o producirlas en serie por las exigencias del mercado turístico nacional e internacional, más aún cuando se encuentran amenazados por la competencia china, que como sucede en el sector textil, es capaz de ingresar a precios dumping y con productos a escala gigantesca, distorsionando por completo el mercado. Afrontar estos retos exige algo más que una mayor coordinación del Ministerio de Cultura con el MINCETUR, el MEF o el Ministerio de la Producción, que responden a una lógica diferente y hasta opuesta a la de Cultura en cuanto a prioridades sobre inversión económica y protección cultural, requiriéndose una definición por parte del Estado sobre las competencias de cada sector, y cuál debe ser el rol y rumbo que el país establece en este tema.

Sería bueno resaltar y relievar la importancia que desde el Estado se reconozca y promueva la salvaguarda del patrimonio inmaterial, que está relacionado con la tradición vigente de la población, y nuestra diversa y compleja identidad popular, “desfolklorizándola”, no en el sentido de negar la riqueza expresiva y valor histórico de sus manifestaciones, pero respetando –sin caer en el purismo- su autenticidad, sin los imperativos comerciales o de otra índole que la puedan deformar o deslegitimar.  Otro patrimonio igualmente importante por rescatar y poner en valor es el documentario, tanto a nivel bibliográfico como de imágenes y audiovisual, porque la memoria de los siglos XIX y especialmente XX y XXI se encuentra principalmente en esos soportes, y no puede ser que se esté perdiendo irremediablemente por el desconocimiento e indiferencia de sus propietarios, y la poca atención de las autoridades al respecto.     
Antes de concluir esta segunda entrega, me parece necesario señalar algo en  referencia a la gestión internacional de la cultura. Es claro que cada vez crece más la importancia de la cultura en el contexto de la globalización, ya sea a través de la diplomacia y las relaciones con los otros países o por su incidencia en los tratados de libre comercio, los acuerdos internacionales, la participación en los organismos regionales y mundiales o las interacciones con la cooperación internacional. Se trata de una política que interactúa con otros sectores, particularmente con la política exterior del país, y que por tanto tiene que estar articulada con esos sectores para posicionar la cultura nacional, con su rica diversidad, en la esfera mundial. Lamentablemente, muchas veces las Embajadas del Perú en el extranjero, y sus representaciones diplomáticas en el campo cultural, actúan por su cuenta, respondiendo más a iniciativas personales que a una propuesta concordada con las autoridades de cultura, lo que también se ha presentado con entidades como PROMPERÚ.

La Política Cultural debe tener en cuenta también a los cientos de miles de compatriotas a lo largo del mundo, y que de manera espontánea han mantenido los vínculos culturales con el país, empezando por el muy exitoso boom de la gastronomía, pero sin agotarse ni mucho menos en ese campo Los convenios, tratados y acuerdos internacionales deberían incidir en reforzar políticas comunes en campos como el combate al tráfico ilícito de bienes patrimoniales y la protección, salvaguarda y puesta en valor del patrimonio nacional, así como garantizar la  libre y equitativa circulación e intercambio de bienes y productos culturales, y de los artistas. Y es que la cultura, insisto, no puede ser un agregado vistoso del discurso o imagen del país, sino un actor central en su definición y estrategia, acorde a los postulados y lineamientos básicos que plantea el Ministerio de Cultura.