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domingo, 15 de septiembre de 2013

El juego del monopolio

Por Christian Wiener Fresco

La reciente adquisición del 54% de las acciones del Grupo de la Empresa Periodística Nacional (EPENSA) por parte del Grupo El Comercio, viene provocando inquietud y malestar en la competencia periodística, sectores políticos y empresariales, y buena parte de la opinión pública. Y es que como ha sido señalado, con esta operación financiera, el grupo que lidera el viejo diario fundado en 1839 por el chileno Manuel Amunátegui y el argentino Alejandro Villota, y que luego fue adquirido por la familia Miró Quesada, pasa a controlar el 78% del total de la venta de diarios en el país, adquiriendo una posición de dominio casi monopólico en el mercado de la prensa escrita peruana.   

por el predominio monocorde de una posición ideológica en la prensa nacional, amenazando la independencia de los periodistas y “opinologos” (Ollanta dixit) que osen disentir del todopoderoso consorcio, y reduciendo drásticamente las opciones de acceso diferenciado para el gran público. Las implicancias del monopolio afecta también el manejo publicitario, que restringiría a un solo cliente la oferta de avisaje disponible, y le daría a sus directivos un gran poder de decisión (y veto) no solo en el campo político sino en (casi) todas las áreas, con todos los peligros y arbitrariedades que eso puede conllevar.


Sin embargo, y con todo lo preocupante que resulta esta movida, no es la única expresión de la creciente concentración de medios en el Perú. En la radio, por ejemplo, se han consolidado en esta década  los conglomerados del Grupo RPP  y la Corporación Radial del Perú que controlan en conjunto más del 60% del mercado de la radiodifusión en Lima (repartiéndose cerca del 80% de la torta publicitaria) 

Pero lo más grave se presenta en el campo de la televisión, donde a pesar de la precariedad de la mayoría de gestiones empresariales (con “broadcasters” descendientes de quienes se vendieron a Montesinos en los tiempos de Fujimori, o de administraciones poco claras que se cocinaron en los años posteriores) fueron beneficiados, gracias a la generosidad del ex ministro aprista  Enrique Cornejo, con la repartija de frecuencias para la televisión digital, a fin de consolidar y ampliar su actual dominio del espectro televisivo, todavía analógico.

Un proceso manejado con el mayor de los secretismos, sin ponerse a licitación pública la asignación,  como correspondía, y con el subterfugio eufemístico de “decisiones técnicas” (como la incorporación de la alta definición), cuando en realidad eran políticas, si es que no tenían también otras motivaciones.

Todo lo contrario de lo que se ha llevado a cabo en otras países como Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Colombia, Ecuador, México, Uruguay o Venezuela, donde la discusión sobre el cambio a la televisión digital no se ha limitado solo al aspecto tecnológico entre especialistas, sino motivó un amplio debate político y social, con participación de la ciudadanía,  sobre el rol de los medios ante la posibilidad de apertura de más y mejores alternativas televisivas que ofrece este nuevo sistema. Como se decía en Brasil, no se trata de “más canales para O’Globo” (en referencia a la poderosa red mediática brasileña) sino de “más canales para competir con O’Globo”. Por esa razón, se promueve en estos países, además de los existentes, la incorporación de canales comunitarios, cooperativos y regionales para democratizar de manera efectiva la pantalla.

Estos debates también se han dado, con sus particulares características, en Europa, Japón, Canadá y hasta en los Estados Unidos,  donde una población activa y vigilante ha presionado a los congresistas para que resistan el lobby de las grandes empresas televisivas y publicitarias.

Pero en el Perú, el tema viene pasando casi desapercibido, porque ni a los medios beneficiados (entre los cuales también se encuentra el Grupo El Comercio) ni a los políticos, sea por conveniencia o temor, les conviene alterar el statu quo vigente. Y la inconsecuencia empieza por el propio Ejecutivo y su bancada legislativa, ya que en su plan de gobierno prometió una ley que estableciera “la conformación de un consejo público −con presencia de la sociedad civil− que se encargará de evaluar las concesiones del espectro radioeléctrico que incluyen a la radio y televisión digital”,garantizando una “distribución equitativa y plural de las frecuencias digitales”. En dos años de gobierno, empero, ni siquiera se ha hecho el intento de revisar lo actuado por su antecesor en ese campo.


La gran pregunta es ¿y quién le pone el cascabel al gato (del despensero)?


PD.- Esta semana ingresa a cartelera dos películas peruanas diferentes y exigentes, "El espacio entre las cosas" de Raúl del Busto y "Chicama" de Omar Forero, que recomendamos, no solo por su nacionalidad sino por su calidad y audacia para proponer otro tipo de cine en el país. Vayan a verla pronto, porque difícilmente duraran mucho en cartelera. Después no nos quejemos por la calidad de nuestras películas, o que estas tengan que buscar coartadas fáciles para llegar al público.

miércoles, 7 de agosto de 2013

En blanco y negro o a todo color

Por Christian Wiener Fresco


El otro día ingrese al  portal web de Tondero films y representaciones; y me percaté que en la galería de fotos de sus representados, entre los que se incluyen decenas de actores, actrices, conductores y cantantes; no se encontraba ninguno de rasgos indígenas o afroamericanos. 

En realidad este hecho no debería llamarnos la atención, ya que desde hace mucho tiempo en la televisión, publicidad e incluso buen parte del cine y el teatro peruano, es casi inexistente la presencia de otras personas que no correspondan al fenotipo blanco occidental,  como si fuéramos, al decir de Jorge Bruce, un país escandinavo. Lo que sorprende sí, es que el portal al que aludimos sea de la empresa que produjo el gran éxito comercial de “Asu Mare”, que supuestamente promovía el ascenso y la inclusión social y es producto de bandera de la “Marca Perú”.

Se cree equivocadamente que solo existe racismo cuando se hace ostensible y grosero, caso de algunos personajes cómicos, programas de concursos o en coyunturas especiales, cuando las pasiones se crispan, como las elecciones, pero se olvida que tan o más discriminatorio es la invisibilización de los otros, la negación de su presencia, que se encuentra tan acendrada en la ideología de las mayorías que casi no lo perciben o les parece natural. Muy significativo fue al respecto la airada reacción de ciertas elites al proyecto fotográfico de Daniela Ortiz, con escenas cotidianas de familias pudientes que descubrían a escondidas la presencia de 97 empleadas domésticas, convertidas en adornos y fondo de las imágenes.


Nadie duda que los mensajes racistas, machistas y de exclusión social sean práctica cotidiana en los medios de comunicación consumidos por millones de peruanos.  Sin embargo no existe sanciones  porque la actual Ley de Radiodifusión deja en manos de los dueños de los medios la “autorregulación”, que es una farsa conocida y admitida.

Es insólito que mientras un local púbico puede ser cerrado por prácticas que se consideren racistas y discriminatorias, ello no se aplica a los medios de comunicación, que pueden insultar y burlarse impunemente y no reciben mayor sanción que la social (tenemos el triste privilegio que un periodista peruano ganó el premio ‘al artículo más racista del año’ de una organización internacional que defiende a las organizaciones indígenas). Y si alguna autoridad osa siquiera cuestionar a un medio, estos inmediatamente reaccionan en conjunto, alegando un supuesto atentando a la libertad de expresión, que en realidad no es más que libertad de empresa.
Cuando se habla de la crisis de nuestro sistema educativo se suele soslayar el rol de los medios de comunicación en la formación de valores y prácticas ciudadanas y de una conciencia intercultural. Y no porque creamos a estas alturas en teorías como la de la aguja hipodérmica o de la influencia directa de los medios en el comportamiento humano, descartadas por su determinismo y unidireccionalidad; lo que no significa, empero, obviar el peso de los mensajes mediáticos en el menú cotidiano, más aún en niños y jóvenes que conviven con ellos y lo reproducen como algo “normal no más”.  
Urge por tanto poner en evidencia la continuidad del mensaje racista en nuestra sociedad, y vale los esfuerzos de denuncia en las redes de colectivos y personas que son cada vez menos tolerantes frente a la discriminación. Pero con todo, es insuficiente, correspondiendo al Estado, y en particular al Ministerio de Cultura, encabezar una campaña por visibilizar nuestra diversidad cultural, no sólo desde la comida, el folklore o la vestimenta; sino en la persona humana y su relación intercultural. Esa que suele olvidarse en los castings y promociones de las empresas exitosas, porque del dicho al hecho, hay casi siempre mucho trecho.